La resilencia

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¿Cómo podemos afrontar las adversidades de la vida? ¿Cómo superar las graves dificultades? ¿Cómo podemos aprovechar esas experiencias – a veces dolorosas – para salir fortalecidos? Esas preguntas son las que nos hacen de continuo en la comunidad, nuestras amigas, cualquier creyente que entra a la iglesia, los padres de catecismo y otras personas.

Hay una palabra que conocemos poco y usamos menos que suena así: re-si-lien-cia. La resiliencia es nuestra capacidad humana para no caer vencidos por las adversidades de la vida, superarlas y salir fortalecido de la experiencia. La resiliencia no es una virtud innata, que tenemos por haber nacido, sino al contrario hay que aprenderla y desarrollarla.

Hay que fomentarla desde la infancia. Hay que enseñarla a nuestros hijos y nietos. Hay que explicar con paciencia a los niños y adolescentes que van a experimentar el dolor, la angustia, la sensación de fracaso, la arrogancia de los que se consideran más inteligentes. Van a llorar de rabia cuando estén solos, porque en su casa hay peleas, discusiones y ellos sufren al ver la falta de comprensión entre los suyos, porque sus compañeros no los entienden, porque sus profesores son duros y no saben lo que ellos están pasando. Debemos enseñarles que, aunque quisiera que ciertas realidades no fueran verdad, sin embargo existen. Y que pueden aprender a manejar esas situaciones. Necesitan sobreponerse a esas situaciones. Se pueden transformar y se pueden usar para obtener más fuerza. Los débiles que enfrentan a los “fuertes” consiguen la fuerza del otro, aunque esto parezca increíble.

Para ser resiliente hay que aprender a hacer amigos, ayudar a los demás aunque no nos den las gracias, sentirnos útiles, no amargarse y tomar la cosas con un poco de humor. Hay que mirar el horizonte y seguir adelante, incluso en los momentos más duros.

 

Artículo extraído de:

La voz del Peregrino

Ejemplar Abril 2017

Autor: Elba D’Avarrier

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