Educación y valores

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El tema de la educación siempre resulta controversial. Por un lado conocemos ejemplos de países en donde los estudiantes tienen muy pocas materias pero estudiadascon profundid ad (incluso atienden a clase los días sábados), en otros se hace hincapié en formar al estudiante en distintas y variadas ciencias para que adquieran una adecuada plataforma de “conocimiento general” y finalmente en otros, la educación es
la diferencia entre profesionalismo o esclavitud y lleva a muchos adolescentes hasta decisiones críticas de suicidio o profundas depresiones emocionales.
Pese a todos estos escenarios la pregunta que nos hacemos es ¿No es sino mediante la enseñanza de valores que la educación consigue vertebrar los procesos de apropiación y socialización, de
autoestima y de reconocimiento y aceptación del otro?
Dice Fernando Onetto (1996) que “la situación actual, en la que reina el escepticismo frente a los valores, ha sido creada por todos porque el ser humano está sumergido en su situación histórica aunque
no está absorbido por ella”.
El escepticismo consiste en una actitud de repliegue del sujeto sobre sí mismo, sobre la experiencia del presente porque el pasado le es doloroso y el futuro, incierto. En este contexto es muy difícil proponer valores de
enseñanza cuando los que deberían enseñarlos no cuentan con la convicción personal para hacerlo.
¿Qué nos toca recapacitar a los cristianos? La responsabilidad de los cristianos consiste en una coherencia de valores desde la profunda sinceridad de la experiencia, del actuar cotidiano según el rol social para el que nos hemos preparado, evitar los mensajes contradictorios y los “ilusorios” (aquellos que hablan de “deber ser” sin una experiencia propia).

¿De qué modo operan nuestras convicciones cuando somos ejemplo de enseñanza? La respuesta admite por lo menos dos soluciones: por un lado en entusiasmo y por el otro, los límites. Dice Onetto que el
entusiasmo es un deseo que toma posesión de alguien incluyéndolo en su arrebato y que, por lo tanto, tiene un excedente de trasmisión, de irradiación y de contagio del cual el mismo “entusiasta” no puede dar cuenta. El estar poseído por ese amor a la verdad contagia, arrastra, abre a un descubrimiento sin imposiciones, porque el verdadero amor posee la cualidad de hablar sólo en los códigos de la libertad. La convicción también instala por su parte, límites que no se negocian y que excluyen los caminos vacíos de sentido. Los valores nos han llegado a través de alguien o algo: las propias escrituras sagradas, nuestros padres, nuestros abuelos, los relatos, las historias pasadas…
Pero a la escuela le corresponde un rol mucho más comprometido y trascendente que consiste en brindar verdaderas oportunidades de ampliar, enriquecer, complementar o incluso “rehacer” el mundo valorativo construido en el hogar según las circunstancias.
La propuesta de valores no es objeto de estudio como una materia más, ni siquiera es dable pensarla como una materia “optativa” sino una condición de concreción. No se puede enseñar sin proponer simultáneamente una selección de valore . El individuo que vive de manera profunda un valor, lo recrea. Lo hace no porque lo ensaya sino porque lo tiene incorporado al nivel profundo de su propia identidad y es allí donde esa persona se diferencia de las demás.
Por eso, cada persona posee algo propio que no “está contenido” en el concepto general de “ser humano”. En ese lugar creativo de originalidad única se produce el descubrimiento de los valores. ¿Somos conscientes de cuáles son nuestros verdaderos valores?

 

Artículo extraído de:

La voz del Peregrino

Ejemplar Febrero 2016

Autor: Fabián Valiño

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